HISTORIA DE ESPAÑA A TRAVÉS DE SUS PLAZAS DE TOROS. CAMPOFRÍO (HUELVA)

Texto y foto Juan Salazar

En la comarca de la Sierra de Aracena, muy próximo a la población de Minas de Riotinto, se encuentra Campofrío.

Tras haber madrugado, el trayecto desde Mérida me había supuesto conducir 162 kilómetros; la distancia no era corta, y el “navegador” no debía estar actualizado, por lo que al final me encontré perdido en una red de cruces sin nadie a quien preguntar. Finalmente, después de varias vueltas, conseguí orientarme y llegar a mi destino.

El día se estaba desperezando y en el bar en el que me tomé un café todavía no había hecho acto de presencia el vecindario.

El empleado municipal con el que había quedado aquella calurosa mañana de agosto llegó puntual:

— ¿Es usted el que viene a ver la plaza?

— Sí señor, soy yo,

— Pues sígame en el coche, me respondió amablemente.

Atravesamos la población, una como tantas que hay por estos parajes andaluces. Tras recorrer una calle larga, en las afueras, hacia el oeste, llegamos al “Coso de Santiago” un edificio exento, esto es, aislado de otras construcciones.

Tras una confusión inicial por el asunto de las llaves, algo muy común en estas circunstancias, llegó una persona portando la que permitía abrir el sencillo portón de acceso al coso. En lo alto de la cancela una placa dejaba constancia de la importancia del lugar:

“La plaza de toros más antigua de España, construida en 1716, restaurada en 1936 y 1977”.

Mientras hacía tiempo, desde afuera observé un consistente muro de mampostería de color blanco reluciente y dos metros y medio de altura. El exterior del recinto resulta sencillo.

Al acceder al interior del coso la sensación es de estar en una plaza de tientas gigante. El ruedo es muy grande, casi 54 metros de diámetro según leo en algún documento; se insiste en varios de los escritos consultados que su tamaño es mayor que el de Sevilla. No llevé metro para confirmar tal aseveración pero no me extrañaría, además la escasa altura de las gradas traslada una impresión de espaciosidad.

La barrera, en lugar de las habituales tablas, la conforma un primer muro. Detrás, sobre una segunda pared, unos “tendidos” mínimos, con tres filas de asientos, ofrecen un aforo de 1.500 espectadores en los festejos que puntualmente se siguen celebrando.

En la reforma de 1977, como en tantas otras ocasiones, fueron los ciudadanos los propios constructores y albañiles de las obras a realizar. Con posterioridad a ese año, en 1988, una nueva intervención permitió adecentar más el inmueble impermeabilizando los muros.

Debo reconocer que el palenque, aunque muy cuidado y bien conservado, no es especialmente monumental, vaya, que la plaza no sorprende ni impresiona comparado con otros cosos, pero el componente histórico en este caso es fundamental, por lo que la visita resulta obligada. Lo mismo que delante del Partenón, habrá imprudentes que, incapaces de pensar lo que dicen, manifiesten aquello de ¡bah, piedras!, pues con esta plaza, puede ocurrir algo similar, y es que, como queda recogido a la entrada, el coso juega en esa liga que pelea por el galardón de ser el más antiguo de España.

Para dejar constancia de esta distinción, en 2014, la Diputación de Huelva publicó un libro, obra de un grupo de vecinos, cuyo título resulta toda una declaración de intenciones: “Campofrío, la plaza de toros más antigua de España”.

En sus páginas, como elemento probatorio documental, se aporta un escrito de 1716 en el que la Cofradía de Santiago solicitaba a Aracena —villa de la que dependía Campofrío—, permiso para la construcción de un coso taurino circular de mampostería, a las afueras de la aldea, en el terreno conocido como Navalmentiño:

«Parecemos y decimos que hemos determinado, de limosnas de todos, hacer un coso para lidiar toros, de lo cual se sigue mucho aumento de la Cofradía… Por lo que pedimos y suplicamos licencia para que dicho coso se haga en el ejido, entrada de Navalmentiño, que es el sitio más conveniente y no se sigue perjuicio a persona alguna, antes dará en beneficio de la Cofradía y gloria de dicho Santo».

La solicitud fue aprobada el 29 de agosto de 1716, celebrándose festejos ya en las fiestas jacobeas de julio de 1718.

En el propio texto, como ya comenté en la entrada referida a la plaza de Béjar, se cuestiona la antigüedad del coso bejarano argumentando que si bien es cierto que en 1711 en aquella población salmantina había un recinto cuadrilongo, de maderas, el palenque actual, redondo, conocido como “La Ancianita”, fue construido con posterioridad, por lo que el de Campofrío es anterior.

La controversia está ahí.

Más de tres siglos de antigüedad, 1711 es un tiempo muy lejano, año en el que fallece el emperador José y le sucede su hermano, el Archiduque Carlos, aspirante al trono español en la llamada guerra de Sucesión española con la que se inició la dinastía borbónica. Nos referimos a una época en la que estaba naciendo la corrida de toros tal y como hoy la entendemos. Según la historia oficial, oficial pero no del todo verdadera, en 1700, con el cambio dinástico, la corrida caballeresca desaparece y los nobles, influidos por un rey que vino de Francia, poco dado a nuestros festejos, “se baja del caballo” y son los mozos de a pie, que ayudaban a estos, los que toman el protagonismo.

La realidad no es así; efectivamente el festejo caballeresco va progresivamente desapareciendo a comienzos del siglo XVIII, pero los toreros a pie ya existían desde hacía siglos, no aparecen en dichas fechas. Como han demostrado los profesores Gonzalo Santonja o Araceli Guillaume, diferentes matatoros, como Pedro Morcillo, Pedro Nieto o Andrés Serrano, firmaron escrituras para actuar en 1660, 61, 62 y 63, en Salamanca, Valladolid, Madrid. Incluso, con anterioridad, ya en 1648 se han encontrado contratos para este tipo de funciones. Finalmente, como prueba indubitada, insistir en las “7 partidas de Alfonso X el Sabio” en las que en el siglo XIII se condenaba a los que cobraban por lidiar reses, lo que demuestra que estas habilidades ya se ejecutaban entonces por personas del pueblo y que no podían ser realizadas por nobles a caballo que eso de que los linajudos percibieran dineros estaba muy mal conceptuado por aquellas calendas.

Aún y así, cierto es que en 1711 todavía no había nacido la corrida moderna tal y como la entendemos hoy, ni habían visto la luz los tres toreros que conformarían el primer triunvirato de figuras: Costillares, Pedro Romero y Pepe-Hillo.

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La memoria de Julio Robles

Por Juan Miguel Núñez Batlles

Veinte años que Julio Robles nos dijo adiós. 

Tal día como ayer, 15 de enero, en 2001, fue enterrado en el cementerio de la localidad salmantina de Ahigal de los Aceiteros, donde también está  la sepultura de su madre, y él quiso que fuese asimismo su última morada, para seguir muy cerca de ella, hasta la eternidad.

A Julio Robles, que se le recuerda por ser uno de los mayores exponentes del toreo castellano en la década de los ochenta del pasado siglo -torero clásico, sobrio y poderoso-, toca rendirle ahora honores igualmente por la catadura moral y humana que afloró en su personalidad durante sus últimos diez años de vida.

Todo fue a raíz de un desgraciado percance, al ser volteado por un toro en la plaza francesa de Beziers, el 13 de agosto de 1990. Robles estuvo desde ese día y hasta su muerte ya en silla de ruedas con tetraplejia irreversible.

Qué fatalidad, cuando atravesaba su mejor momento profesional.

Pero en ese tiempo, ya sin el traje de luces, fue cuando pudimos conocer y apreciar la extraordinaria bondad y sensibilidad del torero roto.

La gran humanidad de Robles, presente en todas las manifestaciones que hizo posteriormente en esos diez años. Nunca una palabra de rencor, ni mucho menos al toro; porque, según él, el error fue suyo.

Había elegido la profesión más bonita, pero también, hacía hincapié, la más arriesgada.  “Porque se puede llegar a la gloria -dijo en más de una ocasión-, pero sin olvidar que en cualquier momento puede ocurrir un percance”.

Robles fue muy claro, muy sensato y sobre todo agradecido con las personas de su alrededor. Valoró mucho la amistad fuera del traje de luces.

Su final nos entristeció a todos, no obstante, nos queda el consuelo de que pudo disfrutar mucho como torero cuando estuvo en activo, ¡y cómo le querían en su Salamanca de adopción!

No había nacido en Salamanca, pero la ciudad estuvo dividida en dos bandos, que fueron el suyo propio y el de su gran amigo y competidor en los ruedos “Niño de la Capea”, y con ellos, encabezaba el trío de ases de esa edad de oro del toreo charro nada menos que Santiago Martín “El Viti”.

Qué época más gloriosa. Salamanca recuerda siempre en estas fechas a Julio Robles, desde los veinte años transcurridos. Y lo hace con una ofrenda floral en un monumento erigido en su memoria en la explanada frente a su plaza de toros, “La Glorieta”. 

Este año, por primera vez y por las circunstancias del maldito covid-19, no ha podido ser el acto multitudinario que venía siendo costumbre. El Ayuntamiento, junto a la Federación de Peñas Taurinas “Helmántica”, había pedido a los aficionados que no acudieran al tradicional encuentro por precaución ante el riesgo de contagios. De modo que allí estuvieron sólo la familia del diestro, el alcalde de la ciudad, Carlos García Carbayo, y un representante de las Peñas, además del capellán de la capilla de la Plaza de Toros, que rezó el preceptivo responso.  

Unas palabras muy significativas del primer edil, de apoyo a la tauromaquia “porque -dijo- es la fuente de riqueza, activo medioambiental y seña de identidad de esta provincia, de Castilla y León, y de España”. Y subrayó asimismo que, pese al contratiempo de la pandemia, se ha hecho todo lo posible porque el recuerdo a Julio Robles en esta fecha no pasara en blanco.

De modo que la memoria del torero y la persona sigue más viva que nunca en los salmantinos. Julio Robles está en lo más profundo del corazón de Salamanca, y del mundo taurino, de profesionales y aficionados.Gloria a Julio Robles.

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DECLARACIÓN DE LA ASOCIACIÓN TAURINA PARLAMENTARIA (ATP) FRENTE A LAS MANIFESTACIONES DEL DIRECTOR GENERAL DE “DERECHOS” DE LOS ANIMALES.

Ante las manifestaciones del llamado Director General de “derechos” de los Animales sobre la Tauromaquia mediante un artículo publicado en Eldiario.es, esta Asociación manifiesta lo siguiente:

1.- El citado Director General dice que “el toreo no es más que una caricatura de lo que fue en otras épocas”. Habría que preguntarle si añora cuando morían caballos en el ruedo, por falta de peto, lo que resulta chocante para quien presume de ser un paladín de la defensa de los animales. O, también cuando eran frecuentes las cogidas mortales de los toreros por falta de medios técnicos o sanitarios, ya que los humanos igualmente deberían preocuparle aunque solo fuera por solidaridad de raza.

2.- En segundo lugar, el citado Sr. dice que la Tauromaquia es “un negocio de los señores de la corte” y una forma de “control masculino sobre la naturaleza”.
Desde luego, afirmaciones tan peregrinas se rebaten por sí solas, sin embargo conviene recordarle que la fiesta de los toros llega a todos los rincones de España y su arraigo se remonta a siglos. Luego de “corte” nada de nada, y de “señores” menos aún, siendo su organización algo tan natural como la manifestación lúdica innata en unas tradiciones muy arraigadas, sino las que más de nuestro país.
En cuanto a lo del control masculino, no entendemos como quien dice predicar la igualdad de géneros, puede distinguir entre un control de la naturaleza por tal motivo. Y ello, sin tener en cuenta que gracias a dicho “control”, hay medio millón de hectáreas dedicadas a la cría del ganado de lidia, protegidas, valladas y vigiladas, que las convierten en auténticos parques naturales, para muchas otras especies, en las que el toro bravo es su guardián o como dijo Oscar Wilde “el rey de la pradería”.

3.- Por último, recordarle al Sr. Director General que la Ley 18/2013, de 12 de noviembre, que declara a la Tauromaquia Patrimonio Cultural de nuestro país, que los poderes y organismos públicos están obligados a protegerla y promover su enriquecimiento, artículo 3, todo ello “de acuerdo con lo previsto en el art. 46 de la Constitución”. Luego es evidente, por ley, que esa Dirección General está obligada a acatar la ley y a cumplirla. De no hacerse así exigiremos la dimisión o en su caso el cese del citado Director General, tantas veces como fuera necesario y ello sin olvidar que su denominación es claramente equivocada ya que desde Kant hasta nuestro Savater, el concepto de “derechos de los animales” es erróneo o incorrecto, al no existir más derechos que los derechos humanos.

Miguel Cid Cebrián.
Presidente ATP.

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SALUDOS NUEVAMENTE

Estimados lectores. Comienza un nuevo año con la ESPERANZA de alcanzar una vida alejada de miedos y sobresaltos. En este nuevo año, cuando el toro, indiferente a la inepta y corrosiva política social y cultural que le rodea, pasea su estampa de fuerza y libertad por las blancas tierras de las dehesas, reiniciamos las publicaciones dirigidas a honrar la Tauromaquia y el universo de manifestaciones culturales que rodea a una de las artes más importantes dentro y fuera de nuestras fronteras.

La primera publicación de este 2021, la iniciamos con un poema. El lirismo con el que durante años ha versado Don Tomás García Aranda, Vicepresidente de este Ateneo Cultural Taurino, deleitando reuniones, conferencias, entregas de premios taurinos etc..

Vinculado por nacimiento a uno de los pueblos de la Imperial Toledo, Tomás nos describe en este poema, la vinculación natural del toro con esa naturaleza viva que se expande por los montes toledanos, hoy, cubiertos con velo blanco.

Vá por ustedes

EL TORO Y LA NIEVE

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El mal año taurino 2020, con algunas excepciones

Por Juan Miguel Núñez Batlles

A estas alturas del año se daba por concluida la temporada. Incluso antes; en octubre se echaba el cierre al calendario.Y se contaban resultados en base a números.  

Esta vez, sin embargo, para saber lo que ha sido 2020 no valen las cifras. Y no valen porque todo ha sido muy raro. Una temporada con estadísticas prácticamente a cero,  no cuenta. Bajo el yugo de la pandemia, no hay sumas que hacer.

En todo caso, valdría señalar y elogiar actitudes que conforman algunas excepciones. Lo que llaman gestos, que no gestas, de los que han intentado tirar para adelante, y los que no. Que de todo ha habido.

Una mayoría ha estado “tapada”. Las figuras que no se han puesto el traje de luces porque no les era rentable económicamente hablando. Y por idéntica razón los empresarios rezagados, esperando que escampara, cuando sabían de antemano que no habría arco iris.

Lo peor es que unos y otros no han tenido bastante con ausentarse; también se han dedicado a criticar y atacar a los que decidieron hacerse presentes. 

Acoso e intento de derribo a José María Garzón, empresario en El Puerto de Santa María y en Córdoba, ejemplo de afición y organización, montando dos corridas que son referencias notables de la temporada.  

También José Antonio Cejudo “El Guajareño”, apuntó alto en la corrida que montó en Granada en la Festividad de la Virgen de las Angustias (los de la Fundación del Toro, sin apoyo de los grandes echaron mano de él para salvar su proyecto llamado de Reconstrucción y que pudo acabar en degeneración.

Otro que ha dado el paso adelante ha sido Alberto García.

Y poco más. Para el resto del sector empresarial, un cero así de grande. Era el momento de poner lo que se necesitara, pero que si quieres arroz, como dice el castizo. ¿Hace falta nombrar como ausentes a los Lozano, Valencia, Matilla, Casas, Chopera…., todos ricos gracias al toreo? Aunque ya se quieren hacer notar para 2021, Castellón y Valencia, eso sí, anunciando las fórmulas de estos Garzón, “Guajareño” y “Tauroemocion” de Alberto García. 

Sevilla, calla. Y calla Madrid. Y callan todos. A empresarios y políticos se los ha tragado la tierra. De la Comunidad Autónoma de Madrid se esperaba otra cosa, puesto que sus únicas decisiones han sido prohibir, y ahí están Aranjuez, San Sebastián de los Reyes y Alcalá de Henares, entre otras plazas, con festejos programados y a última hora suspendidos (eufemismo de prohibidos) cuando en las demás Comunidades se celebraban sin riesgos de contagios como ha quedado demostrado. 

De los toreros, se salva Enrique Ponce por su afición para hacer temporada normal. Y desde luego Juan Ortega, con sus muy triunfales -yo diría que antológicas-  faenas de Linares y Jaén. Por cierto, una reflexión de este nuevo Ortega en unas recientes declaraciones, resume el panorama: “ha sido importante que se hayan dado toros, pero más importante, haberlo hecho como se ha hecho”. Y a buen entendedor, yo creo, pocas palabras bastan.  

Otros, de condición más modesta, han llegado con mucha dignidad hasta donde los empresarios ausentes les han permitido.

Y no cierro el capítulo de toreros sin anotar que Manzanares, después de dejarse ir de rositas la temporada, ahora dice que sí, que el año que viene hará el esfuerzo para estar, aunque sea cobrando sólo la mitad. Así que, como dice mi amigo Javier Molero, expresidente del Club Cocherito de Bilbao, “estamos salvados, si es verdad que vuelven Manzanares y los toros de carrefour, y por si fuera poco abogados en las cuadrillas, ¿hay quién dé más?”

Capítulo aparte, las ganaderías. Y esto sí que va en serio. Una ruina.

Los objetivos eran ¿reconstrucción, o decadencia?

Si es verdad que el espectáculo es el toro, los responsables del tinglado tenían que bogar por el toro con emoción, esa emoción que es el primer ingrediente de la bravura.

Sin emoción, queda claro, no habrá tauromaquia. No vale colar una vez más el toro del adocenamiento y el aburrimiento, como han pretendido hacer, y mucho me temo que van a querer seguir haciendo.

Porque si la tauromaquia está amañada en lo que al toro se refiere, apaga y vámonos. 

En tanto la economía ha sido un desastre en el sector de la cabaña de bravo. Y sin ayudas no hay horizonte.

Un año malo por lo que dejamos atrás y por lo que se vislumbra. Un espectáculo camino del olvido si se “normaliza” la ausencia de festejos.

 

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TOREO Y FLAMENCO

Manuel Hernández

Toreo y Flamenco. ¡Ahí es nada! Eso ya son palabras mayores. Para mí, sin lugar a dudas, las dos manifestaciones artísticas, genuinamente españolas, aunque con valor universal, más importantes.

Ambas participan de un feroz individualismo, haciendo gala de una de las características más notables del humanismo español.

Y en ambas es patente su origen popular. (En el caso del toreo, está claro que me estoy refiriendo al toreo a pie).

“Aquí todo lo importante lo ha hecho el pueblo” diría Ortega y Gasset en su libro “La España invertebrada”, y del pueblo proceden ambas.

Siempre he creído ver en su origen una visceral reacción del pueblo español, una reivindicación de lo propio, frente al afrancesamiento generalizado de las élites ilustradas, a lo largo del siglo XVIII, tras la llegada de los Borbones a España.

No olvidemos que flamenco y toreo han sufrido, a lo largo del tiempo, el desprecio, cuando no la hostilidad, de amplios sectores de la sociedad española, incluyendo parte de los intelectuales, que nunca entendieron, quizá porque en el fondo nada había que entender, la grandeza de estas dos expresiones artísticas.

En efecto. No hay nada que entender en una verónica de Gitanillo de Triana o en una siguiriya de Manuel Torre. Hay, simplemente, que tener el atrevimiento y la sensibilidad suficientes para dejarse estremecer con los “sonidos negros” de ese lance o de ese cante.

La expresión “sonidos negros”, acuñada por Federico García Lorca, corresponde en realidad al mítico cantaor Manuel Torre, del que dijo el poeta que era el hombre de mayor cultura en la sangre que había conocido.

El cantaor jerezano, escuchando a Manuel de Falla en su Nocturno del Generalife, le dijo al poeta: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”.

En este evento, por cierto, se pone de manifiesto uno de los rasgos más característicos y diferenciadores de la cultura española, que no es otro que la gran fascinación que lo popular ha ejercido sobre lo culto, a lo largo de los siglos.

En gran medida, la excelencia del toreo y del flamenco proviene de la desmesurada, y en cierto modo misteriosa, capacidad que poseen ambas de provocar en el espectador sacudidas de emoción que, en las contadas ocasiones en las que aparece el duende, lo transportan hacia insondables territorios donde lo racional se difumina, desbordado por sentimientos que superan y anulan toda lógica.

 La experiencia de esa emoción estética no siempre se vive en soledad, sino en compañía, pues esa emoción es, en muchos casos, simultánea a la del propio artista que la desencadena.

Y si el destino nos es propicio, nos hallaremos inmersos en uno de esos inefables momentos en los que los flamencos se rasgan la camisa y a los toreros les asalta un llanto incontenible, sobrepasados ambos por una maraña de sensaciones absolutamente incontrolables.

“A cada pase que daba se me saltaban las lágrimas”, decía el genial Rafael el Gallo, recordando una de sus faenas. 

 No en vano, como Terremoto y Cataclismo se refieren a Juan Belmonte los cronistas de su época, y Terremoto de Jerez es el sobrenombre artístico de Fernando Fernández Monge, uno de los más grandes cantaores de la Historia del Flamenco.

Otro rasgo común al flamenco y al toreo, es la enorme importancia que en ambas se le otorga al recuerdo. Ese recuerdo que lucha denodadamente por recuperar y prolongar las efímeras sensaciones vividas, la magia del visto y no visto, por el que Bergamín denominó al toreo “arte de birlibirloque”.

En no pocas ocasiones, en la extenuante búsqueda de la inspiración, y en un intento desesperado de alguien en quien apoyarse, se torea y se canta acordándose de…

Y hablando de recuerdos, me viene a la memoria la tarde en la que Alejandro Talavante, gran aficionado al flamenco, acompañó su faena de muleta con el tarareo de algunos cantes.

No pude evitar, al verlo totalmente abandonado ante la cara del toro, poner en su garganta unas inolvidables soleares de la cantaora Mercedes Fernández Vargas, conocida artísticamente como La Serneta: “Tengo el gusto tan colmao / cuando me encuentro a tu vera / que si me dieran la muerte / creo que no la sintiera”.

La muerte, siempre la muerte, acudiendo puntual a la cita, tanto en el flamenco como en los toros, como corresponde a dos modos de expresión que comparten, en su permanente meditatio mortis, un sentimiento trágico de la vida. Sentimiento, por otra parte, profundamente arraigado en el barroco español.

                             

                                

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La maltratada memoria de “Paquirri”

Por Juan Miguel Núñez Batlles

Fuente. abc

A “Paquirri” no le dejan tranquilo, ni muerto. Y son precisamente los suyos, familiares y amigos, o que pasan por serlo -los más cercanos-, quienes peor están tratando su memoria.

“Paquirri”, qué gran torero, que en el ruedo lo dio todo, hasta inmolarse en las astas de un toro.

Un personaje que tuvo mucha popularidad. Para algunos, popularidad por toda esa parafernalia que rodea a veces a los ídolos, y que viene envuelta en una rara mezcla de devaneos y amoríos frustrados, lo que termina siendo “carnaza” para la prensa rosa, y, mucho peor, para la telebasura. 

¡Cómo se están poniendo a costa de la memoria de “Paquirri” los canales del fango, el descrédito y la degradación moral! Lamentablemente lo que se lleva y triunfa en la España desnortada que nos está tocando vivir, o más exactamente, sufrir.

Francisco Rivera “Paquirri”, un hombre que de la nada (nació en el seno de una familia tan humilde que su primera morada fue una chocilla sin luz ni agua) llegó al estrellato taurino. Aunque, consecuencia de sus máximos logros, paradójicamente caería en la sima de las peores desgracias; hasta morir, y hasta después de muerto, según lo que se cuenta por ahí, en esos medios pordioseros de un periodismo que por barriobajero no debería considerarse como tal.

Un matrimonio frustrado con Carmina Ordóñez, hija de Antonio Ordóñez, uno de los más grandes de la historia del toreo; y otro posterior, y muy polémico, como se está contando estos días, con la tonadillera Isabel Pantoja. Parece que son ahora las principales cualidades de Paquirri, en vida y después de haber muerto. Y nadie o muy pocos salen a defender la memoria del gran “Paquirri”.

Porque fue Francisco Rivera un excelente torero en la plaza, y en la calle un personaje cabal, un tipo íntegro. Premisa indefectible para definirle.

Pero ahí van, por delante la viuda, y detrás una marabunta de supuesta familia en la que hay de todo, novios y novias, cuñados, primos, sobrinos, conocidos y “arrimaos”, ¡a ver quién dice más barbaridades!

Por eso quiero salir al paso de tanto atropello echando este órdago que venga a poner la figura y la memoria de Paquirri en su sitio.

Un torero grande, muy grande, que lo consiguió todo por tesón y honradez frente al toro. Que fue figura indiscutible en una época en la que le tocó competir con figuras de la talla de Paco Camino, Diego Puerta, Santiago Martín “El Viti”, Manuel Benítez “El Cordobés”, y otros, los más grandes que se han juntado en tres generaciones entrelazadas, de los últimos años de los sesenta, la década entera de los setenta y los primeros, hasta Pozoblanco, de los ochenta.

Y ahora parece que todo se va a reducir a unas miserables habladurías, de quienes más tendrían que callar, o hablar sólo para ensalzarle.

Aunque hay que dejar bien claro también, porque es justo decir y proclamar, que sus dos hijos toreros, Francisco Rivera Ordóñez y Cayetano Rivera Ordóñez -toreros los dos, insisto-  son los que mejor se han portado con su memoria, si no los únicos. 

Discretos, respetuosos y amorosos, Francisco y Cayetano, con el  torero y el padre.

Por eso, me sale del alma este grito con un viva a los hombres de bien. Viva y sea reconocida la buena memoria de Paquirri.

 

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LA INDUMENTARIA DEL TORERO (1)

Texto y fotografía. Alberto Perales

Coleccionista de trajes taurinos

Quisiera compartir con la comunidad y la no comunidad taurina que por aquí se asome, quizás una de las piezas más significativas de mi colección sobre indumentaria de la tauromaquia de ataño. Se trata de un vestido[1] de mediados del siglo XIX a caballo entre la reforma de Paquiro (que a mi parecer tiene no pocos claroscuros) y las formas que imperarán ya durante dicho siglo para perdurar hasta nuestros días. Comprendo y admito que decir esto de manera tan simplista en tan solo un cuarto de párrafo puede sonar a despreocupada frivolidad (y así es), pues la evolución del traje y los elementos de vestirse para torear durante más de doscientos años de antigüedad alberga infinitos matices que iremos desgranando en posteriores escritos.

Aunque varios renglones más atrás ya he hecho una referencia con picardía al respecto me gustaría, permítanme, abundar un poco más en mi colección.

Dicha colección (llámenla Colección Alberto Perales) reúne una serie de piezas relacionadas con la vestimenta y otros trebejos del torero pertenecientes la mayor parte al siglo XIX, quedando varias de ellas a caballo entre las fronteras de los dos siglos colindantes a éste, es decir el XVIII y el XX. Entre otros objetos de esa misma época descrita la colección recoge capotes de paseo, monteras, banderillas, estoques. De entre todas destacaría dos conjuntos y una redecilla de torero del s. VXIII.

Creo que se trata de un compendio muy destacable del patrimonio taurino formando un conjunto de indudable interés histórico-cultural. Parte de la colección fue expuesta durante el ciclo isidril de 2019 en la plaza de toros de Las Ventas.

Cumplida la puntualización y volviendo a la pieza en cuestión, se trata de un terno confeccionado en terciopelo de seda de color mandarina con los metales en plata. Decir que este tipo de tela era comúnmente usado siendo la plata también muy extendida entre los matadores de toros (acuérdense de los galones de plata de Costillares)

Vemos una chaquetilla corta, muy corta y a su vez muy abierta para dejar ver el chalequillo recargado de bordados, también pequeño para así dejar ver en su momento una faja amplia, vistosa y la vez protectora. La taleguilla amplia y sin bragueta con cierre de tapa abotonada con el hilo de igual color. En todos vemos aparecer el motivo de piñas que dominará los bordados durante el s. XIX.

Observamos que los golpes con aquellos incipientes alamares que aún no están rematados en la parte superior con los adornos que hoy conocemos como tréboles, soles o mariposas. En este caso del puente o pieza central del alamar van descolgándose los caireles con sus bellotas vestidas de hilo metálico muy fino también de plata.

Apreciamos unos machos grandes, lentejuelas de muchos tamaños destacando las de medio huevo. Sin embargo los elementos que llaman la atención son los machos ya mencionados y las hombreras ambos tan distintos a lo que conocemos. En éstas últimas los lazos con los que todavía Paquiro aparece en algún grabado ya han desaparecido, tomando el protagonismo los bordados en hilo grueso corrugado dibujando ya las formas que se irán apretando en las décadas posteriores hasta llegar a las rosas que hoy conocemos.

El trabajo de artesanía aquí es digno de mención y de estudio, cada puntada y cada pequeña pieza han sido ejecutadas sin duda por manos de auténtica destreza, probablemente también a la luz de algún quinqué cuando aquella faltaba. He de decir que la chaquetilla ha sido manipulada faltando alguna pieza y zonas de recosidos no visibles aunque también de época, no obstante no se ha perdido la esencia ni el valor original para el que fue creada.

La datación como es lógico se basa en grabados de la época y diría corresponde a partir de mediados del siglo XIX, muy probablemente coincidió con alguna de las apariciones de la inefable reina Isabel II presidiendo alguna corrida a las que acudía. Tampoco he conseguido determinar el dueño portador del terno, a fecha de hoy, por lo que cualquier atribución entraríamos en el terreno especulativo.

Este vestido se encontraba en Cádiz y surgió durante un viaje al otro lado del Atlántico al que pronto dejé prestar atención para cerrar la compra, no pude disfrutar de él hasta pasados unos meses cuando regresé al pueblo donde habitualmente resido.


[1] Diccionario de Autoridades – Tomo VI (1739)

VESTIDO. Se toma por el conjunto de piezas, que componen un adorno del cuerpo: como en los hombres casaca, chupa, y calzón: y en las mugeres basquiña, y casaca, respecto del qual las demás piezas se llaman cabos. Lat. Integer vestitus.

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LA EQUIVOCACIÓN ANGLOSAJONA Y LA VISION MISTICA DEL TOREO

“LA PALABRA BULLFIGHT (1) ES LA EXPRESIÓN

 MÁS EQUIVOCADA QUE EXISTE EN TODO EL IDIOMA INGLÉS”


William Vance Masterson
Tribuna para la Defensa de la Tauromaquia, Tauromaquias Integradas

Walter Johnson en su obra definitiva en inglés sobre la Corrida de Toros, BRAVE EMPLOYMENT, publicada por el Club Taurino de Londres en 1997.

Los siguientes comentarios, no los dirijo a los convencidos…los aficionados a la corrida de toros y de la Tauromaquia. Demasiadas veces escribimos exclusivamente a los adeptos en la materia sin prestarnos a influir, dentro de nuestras posibilidades, en la obligación de promover, dignificar y expandir nuestros horizontes hacia los que desconocen nuestra Fiesta Taurina. Tal como dijo el gran escritor, Juan Eslava Galán durante una conferencia en Córdoba, los “intelectuales”…y no me considero uno de ellos…escriben únicamente para sus colegas académicos lo cual no es mi pretensión al exponer sobre la belleza, la tragedia y el drama del Arte del toreo.

Desde las primeras semillas de mi afición (1963) al toreo en la Plaza de Nimes he cuestionado el término “bullfight” que en inglés significa combate y, en este caso particular, entre el hombre y el toro. Inicialmente, acepté este término considerándole legitimo aunque a través del tiempo escuchando a doctos en la Tauromaquia, asistiendo a espectáculos mi percepción inicial de la corrida evolucionó desde la de un espectáculo donde el toro muere y el torero sobrevive hasta lo que Ernest Hemingway describe como “el único arte en donde el protagonista está en peligro de muerte y dentro de lo cual su grado de perfección técnica depende en gran medida de su honor” y tal como lo expresó el escritor, acepté su visión de la moralidad de la corrida por hacerme sentir bien y entender con mayor profundidad “…el sentimiento de la vida y de la muerte, de lo moral y lo inmoral… En la corrida existe la tragedia ordenada y disciplinada por un ritual preciso.” En resumen, Papá (2) Hemingway, dejó claro que la corrida no es un deporte en el sentido anglosajón de la palabra. No es una tentativa de combate a igual entre un toro y un hombre. Es más bien, una tragedia directamente relacionada con las Bellas Artes y el conjunto de las disciplinas que buscan la expresión de la belleza: la música, la escultura, la pintura, el dibujo, la danza, la poesía, la literatura, el cine, la arquitectura y el correspondiente dominio de la técnica en cada disciplina que diferencia lo bueno de lo malo dentro de la estructura correspondiente a cada una de ellas. Sería muy atrevido decir que todo lo que corresponde a las disciplinas de las Bellas Artes sean un símbolo de la belleza y, por lo tanto, siempre tendremos que evaluar cada contribución artística según sus méritos y la técnica empleada. En este caso el matador y su arte o la carencia del mismo.

El Maestro, Antonio Ordoñez y el escritor norteamericano, Ernest Hemingway en Haro (La Rioja) durante el verano peligroso de 1959. El Maestro Ordoñez, por la esencia de su toreo ortodoxo, fue el primer torero en recibir la Medalla al Mérito en las Bellas Artes en 1998 y Hemingway el Premio Pulitzer en 1953 y el Nobel de Literatura en 1954. Hemingway, se enamoró de España durante su primer viaje en 1932 y realizó su último viaje para documentar EL VERANO PELIGROSO y la supuesta rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordoñez, con lo cual compartió una gran empatía. En total escribió dos novelas sobre el toreo basándose en su obsesión trágica por el toreo. Hemingway se suicidio en Ketchum, Idaho el 2 de Julio de 1961

La persistencia de mantener la expresión equivocada de “bullfighting” contribuye a un debate falso sobre la Tauromaquia y la técnica del toreo. Tanto Hemingway como Walter Johnson propusieron que, en realidad, no existe un término que exprese plena y correctamente algo tan distinto a las demás Artes, consideradas las disciplinas de las Bellas Artes por su potencial trágico tan sumamente enraizado con la muerte, el honor, la inmortalidad, la belleza, el valor cultural y personal dentro de la estructura de la “suerte”. (3)

En múltiples ocasiones he escuchado a individuos que saben poco de España: vienen de vacaciones a la costa, juegan al golf, viven en comunidades donde los menú de los restaurantes y bares representan un insulto continuo para el idioma de Cervantes, beben malos caldos en exceso, cenan a las 17.00 horas bajo un sol espeluznante y no se atreven ni a utilizar los saludos de buenos días, buenas tardes o buenas noches aunque critican, en su mayoría, la corrida de toros. A pesar de todo lo anterior, los pobres anglosajones no son los culpables en lo que respecta a su desconocimiento de nuestra Fiesta de los Toros. El error está en el término “bullfighting” que por desgracia no ha sido corregido ni por los aficionados de la Fiesta ni por los que dictan la legitimidad y la veracidad lingüística del vocabulario Inglés y, que en este exabrupto especifico, permiten la continua equivocación de unos individuos indocumentados que exclaman con total seriedad su preferencia por la muerte del hombre en vez del toro bravo. Son los acólitos de los animalistas y sus aliados entre los políticamente correctos que demuestran su moralidad cuando dan más importancia y mayor esfuerzo emocional a la situación del cerdo chino, la existencia de abortos sin límite, la muerte de un terrorista asesino de creyentes, tanto cristianos como de otras opciones espirituales, con una frecuencia casi a diario. Por otra parte, no me preocupa una crítica razonable y constructiva a la corrida de toros, pero propongo que se evite los argumentos emocionales y que se trate todo el contenido profundo de la tauromaquia y, sobre todo, su influencia continuada en las disciplinas de las Bellas Artes que, según la definición de Arte, engloban todas las creaciones realizados por el ser humano para expresar una visión sensible del mundo.

Robert Ruark (4), proponía que “…el hombre puede conseguir su inmortalidad únicamente a través de su forma de actuar”. La tragedia viva de

la corrida, sin duda, ha dejado evidencia de la gloria de la inmortalidad. Ruark en su novela, SOMETHING OF VALUE, avisa que cuando quitamos de un hombre su forma tradicional de vivir, sus costumbres, su religión, existe la obligación del detractor de reponerlas con “algo de valor” y este consejo es más fácil de entender que de cumplir existiendo muchos ejemplos nocivos del deseo por parte de algunas tendencias poco liberales de desear la creación de un hombre nuevo, dominado por un pensamiento único. Prueba de ello siendo los que han sembrado su inmortalidad en una Plaza de toros u otras opciones, contribuyendo al conocimiento que hace progresar a la civilización. No es por casualidad que recordemos a los que promocionan la belleza y las buenas obras. Incluso, nuestra propia memoria efímera (5) es evidencia de ella. La inmortalidad es frecuentemente el recuerdo de las huellas de la tragedia y la simbiosis no casual que existe entre la vida y la muerte tal como se transmite durante la corrida de toros. Entre los multitudinarios ejemplos de la tragedia y de la inmortalidad mi experiencia propia me ha impreso el sentir de esta realidad. Un día presté mi habitación en un hotel de Miraflores de la Sierra de Madrid a un joven matador y siete horas más tarde un toro le destinó a la inmortalidad (6) seguida, unos meses más tarde, por su Apoderado. Dedico este artículo en recuerdo de su inmortalidad a ambos; hombres de honor.

Es digno de discusión la tendencia hacia el “pensamiento y de doctrina de grupo” que promueve la monstruosidad cultural y ética que es el pensamiento de lo políticamente correcto que disminuye nuestra capacidad de pensar y de criticar. Los ejemplos de individuos y de colectivos que sacrifican su libertad de creer y ser veraces portadores de opinión y, sobre todo, en lo que concierne a la cultura que representa la manifestación más sublime de la humanidad. El ataque frontal a la Tauromaquia para dichos pensadores grupales y de fuerte influencia anglosajona, en mi opinión, significa una falta de conocimiento de la grandiosidad del toro bravo, y la influencia del mismo desde los tiempos ancestrales hasta la actualidad. Dicha herencia cultural e inmortal proveniente de la Tauromaquia como demostrativo de “valores” es irremplazable. ¿Con que pretenden sus detractores sustituirla?

Desde sus inicios la esencia vital del toreo y su relación directa con valores tales como el honor, la fidelidad, la vida, y la tragedia representan una contribución continua al pensamiento y la creatividad. Como decía Ortega

la modernidad ha disminuido el valor de dichos conceptos. En EL ESPECTADOR, Ortega (7) nos avisó “que quien sienta menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, subvierta todo a no perder la vida. La moral de la modernidad ha cultivado una arbitraria sensiblería en virtud de lo cual todo era preferible a morir. Un amigo mío, cirujano plástico, me comenta que su profesión se está convirtiendo en lo que no es según los pensamientos del ilustre pensador. Mi amigo cirujano se confiesa…” incapaz de rejuvenecer a una abuela y convertirla en la imagen de su propia hija”. El toreo a través de su complicada red trágica es un sano recordatorio de lo que no puede ser, además de lo que es imposible. Envejecemos y morimos.

La nieta de Ernest Hemingway, Margaux, con la cual colaboré promocionalmente en U.S.A durante 1984. Margaux, aunque heredera del apellido Hemingway de Jack Hemingway, primer hijo del escritor, no compartía especialmente la filosofía de vida de su abuelo, aunque, por desgracia, fue la quinta en cuatro generaciones de su familia de sufrir el suicidio en 1996 con 42 años.

Mi novela preferida de Ernest Hemingway es una de las menos conocidas por los lectores, aunque representa más dramáticamente su concepto de la vida y de la sensibilidad humana que expresa claramente todas

(7) José Ortega y Gasset (1883-1955) el pensador más universal producido por la España contemporánea e ilustre aficionado a la Tauromaquia

las temáticas de las obras del escritor: la juventud y la edad, el amor y la guerra y, sobre todo, lo que hace que un hombre sea hombre. ACROSS THE RIVER AND INTO THE TREES (8) es la historia íntima del Coronel Richard Cantwell, consciente de la esencia de la vida y de su propia existencia temporal dentro de ella que realiza su último viaje a Venecia. Durante tres días, igual que los tres actos de una corrida de toros, conocedor de que su vida está llegando a su fin. El Coronel Cantwell acepta su realidad expresando las últimas palabras del General Stonewall Jackson del Ejercito de los Estados Confederados previas a fallecer de un tiro mortal en el campo de batalla: Dirigiéndose a su Ayudante dice “Ordena a A.P. Hill a preparar la tropa para entrar en acción y vamos a cruzar el rio y descansar a la sombra de los árboles”. La “suerte suprema” del Coronel forma parte de la vida misma. Hace unos años conocí a un finlandés que en mi presencia recibió la noticia del fallecimiento de su hermano explicándome que así es nuestra presencia en la tierra y que lo que empieza termina y nada más. Todos tendremos algún día que cruzar el rio y entrar dentro de los árboles. La corrida de toros y la belleza de su pasillo seguida por los tres actos de la suerte representan, según mi interpretación, el inicio de dicho viaje que significaría la elegancia y, el pundonor durante la transición hacia nuestra propia muerte. A nosotros, nos corresponde nuestro momento propio de la verdad. Un instante, potencialmente de inmortalidad, que se encauza dentro de la “suerte” de la vida. ¿Con que pretenden los detractores de la esencia misma de la vida sustituir la belleza del paseíllo (9), los actos que nos llevan a la suerte suprema y nuestra propia existencia de contrastes de luz y de sombra que corresponden a la existencia humana? La corrida de toros tanto como nuestro propio paseíllo potencial hacia la inmortalidad no es un combate, tal como implica el término erróneo “bullfighting”, que tanto ha contribuido a desprestigiar la esencia mística (10) del toreo.

    Fuente. Gaceta Ilustrada de la Tauromaquia

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